Como está el hombre, así está el mundo. Sin salida cierta a la vista. El planeta mismo está siendo sacudido por violentos terremotos, devastadores huracanes, destructivas inundaciones y sequías, peligrosas erupciones volcánicas, además del temible “efecto invernadero”, el cual está modificando el clima en diversas regiones de la tierra.
Y a este cuadro se le suma la obra predadora del hombre, que contribuye a alterar el equilibrio ecológico d la corteza terrestre. Sin embargo esta realidad física, preocupante como pueda ser, no es la más relevante entre los problemas que sufre la humanidad.
Lo que más afecta a nuestro mundo no son los desastres naturales; son las acciones contaminadas de los seres humanos: las injusticias que se cometen contra los más indefensos; el espíritu belicoso de los más fuertes; la moral permisiva que arruina a millones de familias; los vicios que degradan y acortan la vida; la inseguridad que instala el robo y la muerte en las calles de las grandes ciudades… Estos son los peores enemigos que dominan la Tierra, como resultado del egoísmo y la maldad sin restricción.
En las palabras del antiguo profeta Isaías, al mundo de hoy se le podría decir: “Ustedes tienen las manos manchadas de sangre… Sus labios dicen mentiras; su lengua murmura maldades… Así vuelve la espalda al derecho, y se mantiene alejada la justicia; a la verdad se le hace tropezar en la plaza, y no le damos lugar a la honradez” (Isaías 59:3, 14). Pero sin importar cuál sea la condición espiritual de nuestro mundo, una esperanza luminosa se cierne en el horizonte.
El siguiente relato ilustra cuán cerca puede estar esa esperanza. Cierta noche, de densa oscuridad, un hombre caminaba por un solitario sendero montañoso; pero lo hizo con tan mala suerte que, al llegar a un recodo del camino, se resbaló y cayó al precipicio. Sin embargo, en su caída quedó enganchado en la gruesa rama de un árbol con sus pies colgando en el vacío. Desesperado, el pobre hombre procuró trepar por el árbol, pero le fue imposible.
Allí estaba el infortunado viajero: Colgado de sus brazos, con los músculos en extrema tensión y su corazón cargado de terror. Finalmente, cuando sus fuerzas ya no respondían más, el desdichado se dejó caer en el abismo. Pero, para su increíble alegría, su caída fue de ¡sólo
Muchas personas, y el propio mundo, pueden hoy encontrarse al borde mismo del precipicio con la convicción de estar en vísperas de la tragedia final. Pero ¿Por qué no pensar también que existe una esperanza alentadora? ¿Por qué no considerar también que la solución está muy cerca? ¡Tan cercana como la corta distancia que le salvo la vida al viajero de la montaña!...
Nuestra mayor esperanza
La verdadera esperanza no se limita a una actitud mental positiva. Es mucho más que el sueño de un optimista. Tampoco está basada en las promesas halagüeñas de los grandes líderes de la Tierra. En realidad, no existe acción alguna, ni persona alguna, que pueda encender una esperanza estable en el fondo del corazón humano.
Entonces, ¿Dónde está el secreto? ¿Dónde está la fuente de tan elevada virtud? ¿Es Utopía hablar acerca de ella o es un bien alcanzable? A lo largo de la historia, la humanidad ha depositado su confianza en sistemas políticos, sólo para quedar totalmente desencantada, frustrada y sin esperanza. Durante siglos se pensó que la razón y la inteligencia humanas traerían esperanza para este planeta; pero, en lugar de ello, sólo ayudaron a aumentar la crisis existencial de la gente.
En contraposición, millones de personas han testificado que la mayor esperanza del mundo ha sido y sigue siendo Jesucristo. Él es la fuente de esperanza para el planeta y para cada uno de sus habitantes en forma individual.
Busca donde gustes, pero no encontrarás a otro que se parezca a él, aunque más no sea para saber de quién se trata. Y en su persona descubrirás al ser más maravilloso. Si prefieres, no creas inicialmente en él. Pero, con tu corazón sincero y con objetividad, analiza la vida y la obra de este supremo personaje de ayer, de hoy y de siempre. Te asombrarás al ir conociéndolo mejor…
Además de ser nuestra mayor esperanza, Jesús es también nuestro constante ayudador.
Cuando en el camino de la vida la carga se nos hace pesada, y tenemos dificultad para continuar, conviene recordar que nosotros también tenemos a nuestro lado al compañero fuerte y vencedor: Jesús, el Hijo de Dios. Él puede quitar de nuestro corazón toda carga, todo dolor, toda frustración, todo fracaso… Él nos alivia el peso de la vida y nos llena de renovadas esperanzas. ¡Nadie podría ayudarnos tanto como él!
Para Recordar:
1. Sin importar nuestra situación, siempre existe esperanza (Jeremías 17:7)
2. La esperanza es más que una actitud mental positiva. Es una mirada confiada que nos permite ver más allá de la realidad visible (Romanos 8:24).
3. La fuente de la verdadera esperanza es Jesucristo (Efesios 2:12, 13).
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