Delante de mí está sentada una paciente de 64 años con su salud quebrantada. Sus manos caen sin fuerza sobre su falda, la cabeza está ligeramente inclinada, su mirada indiferente parece dirigirse hacia el vacío, su largo y desordenado cabello cae sobre su cara. Su ropa de dormir tiene el aspecto de no haber sido cambiada desde hace semanas.
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